Tanto los pobres como los ricos deberán superar la ilusión de que más energía es mejor.

Ivan Illich. Energía y Equidad

Panorama Vertical

En ocasiones, uno se pregunta: ¿Qué sensaciones causan en los demás, aquellas portadasen las noticias que parecen pesadillas? Como pasó con las imágenes y descripciones del terremoto y tsunami, que afectaron espantosamente a Japón el pasado 11 de Marzo. Un fenómeno natural de comportamiento espontáneo y magnitud arrolladora, que impactó contra el orden y el civismo del fenómeno cultural japones. Dejando una huella profunda sobre la vida de muchas personas, y un rastro de polvorienta inseguridad nuclear que incomoda, como un fantasma, al resto de la humanidad.

A pesar da la gravedad del acontecimiento, sólo destaca, momentáneamente, en la totalidad de conflictos extraordinarios que han ocurrido en lo que va de año. Como el conflicto Libio, un país emboscado en una guerra civil, incentivada por la inseguridad que sienten las fuerzas gobernantes, o como alega dicha fuerza, por la incertidumbre que promovía el movimiento social que perseguía atender aquellas inquietudes de la sociedad libia.

Muchas de las noticias que recibimos estos meses hablan de miedo e inseguridad, o por lo menos, entran en contacto con estas sensaciones tan profundas del alma humana… miedo a los fenómenos naturales, miedo a la energía nuclear, miedo a la guerra y miedo a nuestra vida misma. Y es que si piensas mucho en ello, puedes engañarte y acabar convencido de que el miedo es una de las fuerzas más habituales del mundo. Desde luego es lo que deben creer muchos de nuestros “lideres”, pues hablan más que nadie de miedo, seguridad y defensa; a pesar de todos los evidentes daños anímicos que promueve el miedo, juegan con su lado más benévolo y alterador.


El miedo acerca a las personas sirviendo de punto de encuentro y resaltando la seriedad de cualquier asunto; por ello, practicando política de miedo, se pretende aglutinar la opinión pública entorno a un tema amenazante. Promoviendo así, una unificación basada en el enfrentamiento y el desencuentro, encubriendo cuestiones complejas con números, porcentajes, victorias y derrotas.

A pesar de que el miedo es subjetivo y no es algo que necesitemos cuantificar para sentirlo, lo encontramos vinculado a muchas de las cifras con las que nos bombardean a diario los medios de comunicación. Como es la Escala Internacional de Eventos Nucleares (más conocida por sus siglas en inglés, INES -International Nuclear Event Scale-) utilizada por los gobiernos para facilitar la comunicación en caso de accidentes nucleares. De la cual, el gobierno Japones reconoció un valor de 5 (de un máximo de 7) al accidente de la central nuclear de Fukushima, mientras que el gobierno francés, asustado por el peligro nuclear, le atribuyó un 6. Sin embargo, a otros les aterra más el hecho de que en Francia casi el 80% de su energía provenga de centrales nucleares; lo cual, a escala global, es el 18% de la producción mundial de energía nuclear.

Para un activista antinuclear, el riesgo de un accidente y la falta de soluciones para los residuos radiactivos, son factores aterradores que justifican un modelo energético sin energía nuclear. A diferencia del activista pronuclear, que ensimismado por la complejidad de la tecnología nuclear, no quiere asumir el riesgo de tratar a la energía como un factor limitante; inquietándose a la vez ante la “sencillez” de las energías renovables. En el campo de batalla de la geopolítica mundial, el consumo de energía de cada ciudadano está asociado a un modelo energético, que desafortunadamente, es equiparable a la capacidad armamentística y el desarrollo nuclear al que aspira su nación. Somos borregos consumidores de energía que nos pasamos toda nuestra vida pagando por la energía que nos cuesta “vivir”; por que nos la sirven en bandeja de plata. Primero compramos los aparatos que consumen la energía y con ellos vamos tirando de frente, sin mirar a nuestro alrededor, ni valorando realmente cuanta energía nos cuesta vivir así. Y es que… ¡que más da!, se dicen muchos; para eso es la energía, para hacer cualquier cosa posible. ¡Cualquier cosa!.


El modelo energético de las naciones ricas, condiciona la percepción de sus habitantes. No sólo por que ha creado un mundo tecnológico, que en algunos sitios ha llegado a barrer al mundo natural, sino por que ha distorsionado la forma de entender la energía de sus habitantes. Acostumbrados a nutrirnos energéticamente a través de cables, enchufes y depósitos, recreamos así la faceta más violenta y explosiva de la energía. Algo que deber se contagioso, ya que hasta las polillas nocturnas se vuelven locas alrededor de las bombillas de ciudad.

 

Paisaje de ciudad

La energía, ni se crea, ni se destruye; se transforma.

A pesar de que no tenemos certeza de como será el futuro energético de nuestras naciones, sí podemos tener claro que el tema que estamos tratando es el de la energía que necesitamos para vivir; que no sólo es energía eléctrica y los combustibles fósiles. Ante los hechos destacados a lo largo de este ensayo, resalta la evidencia de que el modelo energético, desarrollado en las últimas décadas por muchas naciones, ha creado un conflicto socio-ecológico de dimensión global asociado al miedo y la inseguridad. Por ello, expongo la siguiente cuestión, con la ilusión, de que si tratamos de responderla, podremos contribuir en su resolución: ¿Como podemos crear un modelo energético sin aquellas variables que promueven miedo e inseguridad? O dicho de otra forma. ¿Como es la energía sin miedo?.

Al responder a esta pregunta tenemos la opción, de plantearnos cada uno, nuestra propia critica constructiva sobre la instrumentalización de la energía como fuente de inseguridad y miedo. No hay que asumir que la energía ha de ser sucia e insegura, simplemente por que lo sea la energía eléctrica y los combustibles fósiles. La energía es mucho más que eso; es un fenómeno complejo que adopta multitud de formas. Como es la energía química, el calor que recibimos todos los días del sol, nuestra propia energía interna y la esencia de todos los procesos que hacen que las cosas sean como son. Todo los estímulos que recibimos del mundo son una expresión de energía, sólo tenemos que aprender a nutrirnos de las transformaciones “energéticas” que tienen lugar en la naturaleza. Reeducarnos y sensibilizarnos para poder apreciar la complejidad de procesos y formas del mundo de la ecología energética, pues nuestro planeta es el más estable modelo energético del que podemos aprender.

La resiliencia energética de cualquier organismo está estrechamente ligada a la diversidad de flujos y fuentes de energía con los que está relacionado. Sólo los seres humanos nos empeñamos en centralizar y simplificar nuestras fuentes de energía, exponiéndonos a catástrofes energéticas como las que contábamos al principio. Traumas que hacen vivir a sus habitantes en un mundo de consumo descontrolado, con una sensación incesante de escasez y peligro. Para prevenirnos de ello, debemos aprender a diversificar tanto nuestras fuentes de energía como las transformaciones que busquemos. A través de ésta práctica de “no violencia”, podemos soñar en un futuro energético sin miedo, en el que hablar de seguridad energética será una redundancia que nadie nos podrá vender.